Siria al descubierto

El documento del Centro de Inteligencia de la Defensa revelado en agosto del 2012 y desclasificado hace apenas un año, muestra, una vez más, cómo occidente, Catar, Arabia Saudí y Turquía unieron sus fuerzas para construir un emirato wahabista en el este de Siria, con la intención de acabar con el presidente electo.

El ataque a Siria guarda importantes semejanzas con la invasión a Irak perpetrada por fuerzas estadounidenses en el año 2003. Al-Assad se manifestó en contra y gran parte de la población irakí se vio abocada a trasladarse a Siria para evitar las penalidades de una “guerra” absurda.

En Siria se buscó repetir el mismo esquema que en Irak, transformar el mapa político y geográfico. Dividir para controlar, a través de la religión y el nacionalismo, una zona de gran interés geopolítico para occidente. Generar nuevas entidades políticas que fragmenten y desestabilicen el equilibrio de poder en este territorio. En este sentido, al-Assad ha señalado en numerosas ocasiones las mentiras vertidas por los medios de comunicación occidentales.

Es mucho peor que una estrategia de “caos controlado” porque a medida que el tiempo transcurría y el gobierno de Siria se mantenía en pie, la estrategia imperialista se convirtió en una guerra de desgaste, interminable, agotadora y cruel.

Una vez desencadenada la Primavera Árabe, en diciembre de 2011 las tropas estadounidenses se retiran de Irak. Lo mismo que en Afganistán, la retirada nunca fue completa ni duró mucho tiempo.

La elección de Siria como objetivo militar se debe a varios motivos. El primero es su estrecha alianza con Irán, la “bestia negra” del imperialismo en la región. El segundo es su guerra permanente con Israel, que desde 1981 ocupa los altos del Golán, una parte fronteriza del territorio sirio. El tercero es su oposición a la invasión de Irak, tras la cual muchos irakíes se refugiaron en Siria huyendo de la represión.

La eliminación de Saddam Hussein en Irak fortalece a Irán que, junto con Siria, es uno de los componentes más importantes del denominado “eje de la resistencia” contra el imperialismo en Oriente Medio. En los correos electrónicos de Hillary Clinton, cuando era secretaria de Estado, aparece uno escrito en diciembre de 2012, en el que asegura que, dada la “relación estratégica” entre Irán y Siria, el derrocamiento de Bashar Al-Assad sería un beneficio inmenso para Israel, que no quiere perder el monopolio nuclear.

Además de romper ese “eje de la resistencia” en Oriente Medio, la Guerra de Siria también tiene como objetivo la alianza de Bashar Al-Assad con Rusia, estrechar el cerco sur sobre Rusia, una continuación del que la OTAN intenta trabar desde el Báltico, Ucrania, Cáucaso y Asia central. La Primavera Árabe es una continuación de las “revoluciones de colores” desatadas por los imperialistas desde 1990 en los nuevos Estados surgidos de la fragmentación de la Unión Soviética.

La guerra trató de interferir en la Ruta de la Seda, meter una cuña entre Rusia y China, lo mismo que ya tiene una introducida entre Rusia y Europa.

Ha sido el mayor fracaso del imperialismo en la guerra, ya que ha fortalecido el protagonismo de Rusia, no sólo en Oriente Medio sino en el mundo entero y ha estrechado sus relaciones con Irán y con China.

Al inicio de la guerra la relación de Siria con Turquía es buena. Ambas partes habían firmado en 1999 el Acuerdo de Adana. En plena etapa de esplendor económico, el gobierno de Erdogan se había opuesto tanto a las sanciones contra Irán como al ataque contra Irak en 2003. Turquía está contra los planes del imperialismo en Oriente Medio porque sería una de sus víctimas. Por eso se opone al nuevo reparto.

Sin embargo, muy rápidamente los imperialistas presionan a Turquía para que desempeñe el papel de base logística de los salafistas. Al miso tiempo Siria permite que el PKK se convierta en Rojava en una plataforma contra los vecinos del norte.

Turquía experimenta un doble fracaso. El primero es el de la paz. La política de “cero problemas con los vecinos” fracasa. El segundo es el de la guerra, que le conduce al enfrentamiento con Rusia y un aislamiento total en la región. El realineamiento de Turquía en 2016 es otro de los grandes fracasos del imperialismo en la guerra.

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