¿Es necesaria la ideología para hacer política?

Karl Marx Told Ya So

Parece que la nueva izquierda por fin se ha dado cuenta de por qué no paraba de fracasar la vieja izquierda: demasiado pureta, para hacer política la ideología no es importante. Como le oí decir en una asamblea en Madrid a un viejo anarka barbudo, al que se le tomaba como uno de los referentes teóricos del recién nacido 15-M, lo importante es ponerse a hacer cosas, no merece la pena atascarse en debates intelectuales sobre un objetivo final que puede que sea sólo una quimera. El medio es el fin. Abandonemos el pensamiento a largo plazo.

Para analizar esta “renovación” teórica, necesitamos perspectiva histórica. Las ciencias sociales eran algo sólo para las clases acomodadas y consistían en el más descarado peloteo hacia el poder. Pocos fueron los que incluyeron a las clases populares en sus análisis. No fue hasta la irrupción intelectual de Karl Marx que se estudió concienzudamente el contexto social para, a partir de ahí, intentar idear una solución para toda la miseria omitida por los intelectuales defensores del sistema. Este judío rompe con toda la teoría social que había, ya que en vez de seguir el argumento simplista de que todo es culpa de la gente mala, se pone a estudiar economía durante años para lograr describir el funcionamiento del modo de producción capitalista, mostrando cómo el problema no es la falta de moralidad, sino la evolución económica. Una revolución teórica acojonante porque, aunque sí que hubo gente antes que ya había luchado contra el libre mercado, como Robespierre, nunca se preocuparon por analizarlo detenidamente, sino que fueron combatiéndolo improvisadamente. Muchos científicos sociales como Webber, Febvre o Keynes, aceptarían la importancia de un buen análisis del contexto social para desarrollar las ciencias sociales contemporáneas, dando un aspecto más democrático al ámbito académico. Este sólo es un ejemplo entre muchos de cómo la ideología marxista desencadenó un cambio de mentalidad que mejoraría radicalmente el mundo en que vivimos.

Si me estoy centrando sólo en el aspecto económico del marxismo, es porque es lo que veo más necesario hoy en día. La crítica social se dirige sobre todo contra los agentes sociales, es decir, los partidos y los sindicatos. No son los culpables directos de la injusticia, sino sólo nuestros representantes para negociar ante los magnates económicos, los cuales sí que son los culpables directos. Sin embargo, parece que la nueva izquierda piensa que esto es muy complicado de explicar a la clase trabajadora. Creen que es mejor que sigamos sin mencionar a los máximos responsables, ya que ir demasiado lejos en la crítica al sistema nos conduciría al sectarismo. Se puede criticar lo que sea, siempre y cuando no se salga de los límites impuestos desde arriba, ya que si te portas mal no te sacan por televisión. Porque claro, sin salir en televisión no se puede hacer la revolución.

Una renovación teórica que consiste en hacer creer que las clases trabajadoras se pueden emancipar sin tener una ideología alternativa a la del poder, simplemente a base de voluntad y moralidad, como siempre han creído los cristianos, no es una innovación, sino retroceder intelectualmente a lo que había antes del s.XIX. Revueltas ha habido siempre, lo complicado es saber encauzarlas hacia la creación de otra estructura socioeconómica más justa, y para eso hacen falta debates ideológicos ineludibles. No hay que tener miedo a intentar cosas demasiado avanzadas. A cuanto más se aspire, más se conseguirá. No es ingenuidad, es tacticismo. Como decía Rosa Luxemburgo, aunque se trate de aspirar a hacer la revolución, los cambios llegan mediante reformas. Fue la CNT, un sindicato revolucionario, quien consiguió la reforma de la jornada a 8 horas. Sin embargo, partiendo de una actitud reformista, dispuesta a consensuar con el enemigo desde el principio, se suele conseguir poco.

La mayoría de la gente tiene la propaganda ideológica del sistema tan asimilada que cree que el trabajo asalariado o el vivir en megaciudades no es debido a una ideología, sino a un comportamiento natural. No hay mejor siervo que el que piensa que no lo es. Por eso, tener ideología es fundamental para emanciparse de lo que quieren que pensemos desde el poder. Sirve para analizar la realidad de manera diferente. No podemos prescindir de las ideologías si queremos libertad. Necesitamos más pedagogía sobre alternativas político-económicas, es decir, sobre alternativas ideológicas, y menos líderes embaucadores que eviten explicar cómo van a evitar lo que le pasó a Syriza.

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